El coronavirus lleva más de un año restringiendo la interacción con nuestros seres queridos, sumiéndonos en un estado de abnegación para proteger a los que nos rodean, especialmente a los más vulnerables, aquellos que ya han vivido otras penurias, como la pandemia del sarampión, o la Guerra Civil Española; y de las que pudieron levantar cabeza, convirtiéndose en referentes de la resiliencia humana.
Sin embargo ¿cómo puede una persona negarse a toda clase de pasión, sentimiento intrínsecamente humano, por un enemigo que no podemos ni sentir? En los ‘80, década fuertemente marcada por el auge de otra de las grandes pandemias de la humanidad, la del VIH; decía Mecano en su canción “El Fallo Positivo”: “Me prohibiste toda clase de pasión, sin dar ninguna clase de razón”, y ese es el sentimiento que se ha generalizado entre todos nosotros, pero especialmente a los jóvenes, que nos encontramos experimentando con lo que la vida tiene que ofrecernos, y a lo que por el momento tenemos que renunciar, hasta una fecha indefinida, revolviéndonos aún más los nervios.
Otro de los sentimientos que quizás hayan aflorado más en este periodo tan convulso es el de la impotencia, ¿cómo cumplir las normas si al lado tuyo hay otras personas que las quebrantan constantemente? Cumplir religiosamente con las medidas de contención para que al final las cifras suban, endureciendo las restricciones, resulta desalentador. Ellos no tienen la culpa de sus impulsos; el problema reside únicamente en su incapacidad de abnegación, ralentizando el término de esta circunstancia que, cuanto más nos comportemos, menos tardará en concluir, y nos permitirá al fin (re)descubrir nuestra juventud junto a esa otra persona significante.
En el fondo, cierto es que el virus se comporta como un Bernarda Alba, limitando nuestro comportamiento a la sumisión y la obediencia; pero con la diferencia de que algún día nosotros podremos salir de la casa, y vivir nuestra vida y sus pasiones. Pero la llave del portal está hecha de algodón blanco, y tenemos que llevarla encima hasta que terminemos de recorrer el vestíbulo.
Violeta Tejera (2º Bachillerato G)
